lunes, 28 de noviembre de 2011

“Ese hombre”: Texto de despedida del Terciario hacia Basilio Conrero

Texto leído en el Acto Institucional de Despedida de Basilio Conrero (Director del Nivel Medio durante 37 años), realizado en la Parroquia de Lourdes el pasado viernes 25 de noviembre:

Cuando nos sentamos por primera vez a balbucear vocablos en latín, ese hombre estaba allí. Entre los casos latinos y los textos de Ovidio, siempre se colaban sin permiso las referencias a la vivencia docente y advertíamos, mejor que en cualquier manual, qué significaba educar en el “aquí y ahora”; ese hombre nos mostraba, sin decirlo, qué era ser educador tiempo completo: en cada palabra, en cada gesto, pero especialmente en la confianza inamovible que transmitía en la tarea educativa como herramienta de transformación.

Ese hombre entusiasmaba y se entusiasmaba al hablar de lo que se puede hacer desde las aulas. Siempre miraba lo que resta por hacer, lo que debería ensayarse, las estrategias nuevas para el mundo que intuía en sus lecturas, sus diálogos, sus sospechas.

Basilio 2 La escuela secundaria que construyó varios años después era la escuela que tenía en su cabeza cuando nos enseñaba latín: el diseño de esa escuela moderna y dinámica estaba en el vislumbre de las frases que se colaban entre las oraciones latinas y los ejercicios de desinencias y casos. Quizás por eso no fue tan difícil acompañarlo en la tarea de aquellos años: la capacitación de los docentes para el nuevo tiempo democrático, el trabajo en equipos, la promoción de los centros estudiantiles, la apertura de la escuela al cambio económico, social y cultural de la sociedad de los ’80 y los ’90, la mirada comprensiva de la diversidad y el alumno como nuevo sujeto posmoderno y, quizás como un resumen de todos esos aspectos, el liderazgo en materia educativa a partir de la claridad del proyecto y la apertura hacia el afuera de la institución.

Semejante tarea, tan compleja y plural, nunca fue un camino de rosas: discusiones, debates, fracasos y logros, como en la vida, abonaron la construcción. Pero esos bemoles ya estaban también en sus comentarios en el aula de latín, y luego en la de griego, entre los brillos de Platón y las desgarradas tragedias de Sófocles…

Una noche, no hace tantos días, llegó a la escuela para anunciar su jubilación. Una larga despedida, triste y en voz baja, como suelen ser estas cosas, se desplegó en el invierno de la escuela; se sentó en su despacho aunque no en su silla, que nadie quiso ocupar porque era de él, y desgranó, uno a uno, los recuerdos de los hechos, las personas, como sueños cumplidos o entregados a la utopía de enseñar a enseñar. Y se fue, como quien se desangra, pero entero, quizás consciente del deber cumplido y enojado con el tiempo, ese cruel enemigo que le pone años a nuestra ilusión de ser y de hacer, y nos obliga a salir del ruedo, a despedirnos, a pronunciar los adioses de rigor.

Para nosotros, ese hombre no es el que se fue esa noche. Ese hombre está, todavía, en un aula del profesorado recorriendo algún hipérbaton o en el patio de la escuela, hablando con sus alumnos entre sonrisas cómplices, como quien festeja la vida en el sitio donde la ha dignificado.

Los alumnos de Basilio